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| Atentado contra Max Mara Polanco |
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Recuerdo que el día en que el gobierno atacó Atenco mis conocidos me
llamaban a preguntar cómo interpretaba yo lo que ahí sucedía. Su mayor
angustia surgía de la información de los medios que representaban el
evento como un foco de conflicto sorpresivo, en un lugar dónde no se
esperaba. Me preguntaban si era cierta la versión de que unos
“vándalos” habían provocado a la policía, pero principalmente, ¿porqué
había “saltado la liebre” ahí?
Mi respuesta era sencilla, pues para variar, la versión de los medios
era absurdamente falsa, pero en relación a su duda, les insistí que en
realidad no había ninguna sorpresa. Este conflicto se venía cocinando
ya de varios años (desde el inicio del gobierno de Fox), y que el
problema más bien radicaba en la forma en la cual el gobierno manejaba
una política comunicacional, apoyada por los medios nacionales, de
esconder todo tipo de conflicto, lo cual creaba la sensación de un país
estable, pero en donde repentinamente surgían conflictos espontáneos y
sin razón.
Silencio = Muerte.
A pesar de los discursos que varían entre un cauto triunfalismo, y una
abierta condena a quienes cuestionan la estabilidad del país, el país
se encuentra en un momento en el cual los tejidos sociales se desbordan
por casi todos los ángulos. Las protestas se escuchan, desde las quejas
timoratas en charlas de café, hasta el surgimiento de grupos decididos
a tomar acciones reales y extra-constitucionales como forma de
respuesta. Sin embargo, si uno busca este tipo de información en los
medios de comunicación, se encontrará con un silencio abrumador,
funéreo.
No me introduciré a textos teóricos para explicar cómo, cuando se le
roba la voz a los sectores marginales, estos la reclaman por los medios
que encuentren. Es así como grupos que normalmente no recurrirían al
“vandalismo” (recordemos que en México el grafiti es un delito y sus
practicantes considerados criminales -¿qué sería de Banksy en México?),
al bloqueo de vialidades, o a la violencia, acaban siendo empujados a
ella por el simple hecho de no ser escuchados. Ahora, cuando el
silencio se convierte en política oficial, estas prácticas pasan de ser
sucesos dispersos a convertirse en una toma de voz cotidiana, es decir,
en todo un lenguaje.
En este contexto intentaré un esbozo de lectura de los reportes del
grupo de inteligencia norteamericano STRATFOR, según el cual, tan solo
en el año del 2009, se pueden contabilizar entre 200 y 400 explosiones
provocadas (en el DF y Guadalajara), y en cuya autoría puede ser
descartado el crimen organizado. En pocas palabras, estamos ante un
fenómeno nuevo en nuestro país: el uso de las bombas como un medio de
comunicación.
Este fenómeno es de especial interés, pues demuestra como el régimen
actual está cegado para reaccionar a los fenómenos de la realidad
nacional del momento. Es decir, es un error utilizar los paradigmas de
lectura judiciales, e inclusive militares, para entender esta
violencia, y es necesario recurrir a la teoría semiótica para descifrar
tanto lo que significan, lo que comunican, como la forma correcta de
responder a ellos. Sin embargo lo que tenemos es un gobierno que sigue
utilizando patrones de lectura del siglo XIX para responder a un
fenómeno del siglo XXI.
Entrando a un análisis más detallado del fenómeno, vale la pena
enfatizar que la mayoría de los grupos que se han atribuido los
atentados (y sí, casi todos han sido reclamados por algún grupo
activista), no operan dentro de una ideología de corte marxista, e
inclusive sería difícil identificarlos con la izquierda tradicional. De
hecho, muchos de ellos esbozan un anti-capitalismo más cercano al
ecologismo verde europeo, que a la tradicional izquierda
latinoamericana. Este es un punto a recalcar pues tanto los medios como
el gobierno (en un complejo unificado que desde ahora llamaré el
Gobierno Mediático- GM-) continúan erróneamente –o manipuladoramente-
leyendo a estos grupos como producto de la oposición local (inclusive
los subversivos), y no falta el ya más que ridículo intento de
atribuirle todo acto a los sectores aliados con AMLO. Este
entendimiento fallido lleva a que no se comprenda que los medios
globalizados –y en especial el internet- se han convertido hoy en día
en las escuelas del activismo, y en los casos más radicales, del
anarquismo.
Una gran cantidad de jóvenes de hecho acceden específicamente a la red
para encontrar salidas al apabullante silencio oficial impuesto por el
GM, y en el camino se encuentran con grupos internacionales, de
intereses diversos, y con conocimientos específicos de cómo “hacerse
oír” (recordemos la frase situacionista “piensa globalmente, actúa
localmente”). Es de esta manera que el estallido en la boutique Max
Mara de Mazaryk (para variar atribuida a “vándalos”), fue reivindicada
por un grupo de ecologistas como parte de una acción en la cual fueron
saboteadas tiendas de esta compañía el mismo día en todo el mundo. Es
importante aclarar esto pues, a diferencia de cómo se quiere
representar este tipo de sucesos, el mensaje comunicado con estas
acciones tiene inclusive más relación con posiciones globales que con
cualquier fenómeno nacional. De hecho, existen analistas que argumentan
que el tipo y la forma detrás de cada acción debe ser leída en relación
a la competencia por hacerse oír, entre grupos en diferentes países. En
otras palabras, el VOLUMEN de la acción tiene menos que ver con el
objetivo mismo del ataque (amenazar, destruir, herir, matar, etc.), y
tiene una relación más directa con el ruido que el mensaje alcance en
los medios.
En ese sentido tenemos ya algunos ingredientes que nos permiten
comenzar a crear una matriz de lectura para estos atentados: su mensaje
no lleva ninguna relación con los sucesos políticos nacionales, y mucho
menos los coyunturales y partidistas, aunque sea claramente
anti-capitalista; su sintaxis (o Modus Operandi) se escribe dentro de
las formas y tipos de acciones de grupos de intereses similares en todo
el mundo, aunque no indican una relación más directa con otros grupos
que el hecho de visitar los mismos sitios de internet ; y finalmente,
el volumen de la acción tiene una relación directamente inversa al
silencio de los medios sobre los mismos.
Cómo queda claro, hay un espacio de lectura semiótica sumamente amplio
que puede ser derivado de estas acciones, pero para el propósito de
este artículo me concentraré tan solo en el último.
Reiterando la política del Gobierno Mediático de censurar y acallar
todas las acciones que produzcan la impresión de que el gobierno está
actuando mal o está siendo rebasado, no es una coincidencia que de los
más de 200 ataques en el año, apenas los últimos siete fueron
reconocidos y publicitados en la prensa y TV (y rápidamente atribuidos
a un solo “vándalo” como actor intelectual y material de todos). Ahora,
según otro análisis de STRATFOR, la curva de aprendizaje en la
construcción de explosivos varía entre un año y medio y dos años. Es
importante leer esta información aunada a los datos del Centro de
Estudios de Movimientos Armados Latinoamericanos, que indica que desde
el 2006 se comenzaron a reportar ataques a casetas telefónicas, así
como actos de sabotaje contra maquinarias de bancos y de
infraestructura estatal (todos reclamados por grupos activistas, y por
lo tanto no considerados acciones de delincuencia común), y un marcado
crecimiento en el número de pintas con mensajes anarquistas.
En el año 2007, se comienzan a reportar una serie de “amenazas de
bomba” en varios puntos de las principales urbes del país, las cuales
se reportaron como “falsas”. A pesar de ser auto-atribuidas y estar
acompañadas inclusive de manifiestos, el resultado de estas acciones
fue un silencio absoluto de los medios, aprovechando que sus resultados
no fueron visibles. Sin embargo, no es descabellado el argumentar que
lo que aquí estábamos viendo era el incremento en volumen de un acto de
comunicación, un reclamo de voz, que al ser completamente ignorado
continuó escalando. Justamente como STRATFOR lo describe, paso poco más
de un año para comenzar a ver explosiones ahora si efectivas, y que en
lo que va del año se han ido incrementando en potencia y en ubicuidad.
La curva de aprendizaje de este nuevo medio se está cumpliendo, y los
mensajes son cada vez más visibles.
Y sin embargo, el GM insiste en no solo acallar estas voces, sino en
los casos en los cuales esto es imposible, abiertamente desinformar. A
pesar de existir manifiestos de grupos específicos atribuyéndose cada
uno de los bombazos, siguen siendo manejados como actos vandálicos, en
ocasiones inclusive como explosiones accidentales de tanques de gas, y
en el colmo de la incongruencia el mismo ataque ha sido reportado tanto
como accidente así como intento de robo en un banco.
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Cuando los grupos homosexuales en EEUU identificaron que el peor
enemigo para poder defenderse del SIDA era el silencio (el “closet”) al
cual se les relegaba socialmente, respondieron con campañas de toma de
voz, y el núcleo fue el famoso y efectivo lema SILENCIO=MUERTE. En
México sucede algo parecido hoy en día. Importantes sectores de la
población están sujetos a condiciones de pobreza inhumana, y su voz no
solo no es escuchada, sino que es sistemáticamente acallada por un
complejo Gubernamental/Mediático que sigue creyendo que lo que no se
informa no existe (aunque el agujero en el bolsillo del pantalón de la
población siga creciendo). Esto, combinado con sistemas de comunicación
global que permiten que personas descontentas se familiaricen no solo
con conceptos, sino con acciones de reclamo de voz que han sido
efectivas en otras partes del mundo, son una combinación altamente
explosiva.
Entre más entrenamiento logren algunos de estos grupos, mejor dirigidos
, más claros, y más fuertes serán sus mensajes. Porque es necesario
entender que algunos de estos grupos jamás hubieran recurrido a la
violencia de no ser porque no existe para ellos ninguna otra forma de
ser escuchados. Ahora que han encontrado un lenguaje y un medio que se
les abre, y entre mayor sea el silencio o la desinformación sobre sus
acciones y sus causas, mayor será el volumen de sus acciones. Los
ingleses aprendieron hace varias décadas que la política de ignorar a
grupos que reclaman ser escuchados sólo lleva a un escalamiento en los
medios a su alcance. Nuevamente nosotros vamos décadas atrasados en ese
aprendizaje.
Esperemos que la próxima vez que los medios traten de convencernos de
que hubo un atentado que pareció salir de la nada, la gente ya entienda
que el sombrero de donde salió el conejo siempre tiene doble fondo.
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