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"El propósito de la Opinión Pública generada por los medios de comunicación es el hacer al lector incapaz de juzgar, el inculcarle la actitud de los desinformados y los irresponsables". W. Benjamin

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SILENCIO = MUERTE
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Recuerdo que el día en que el gobierno atacó Atenco mis conocidos me llamaban a preguntar cómo interpretaba yo lo que ahí sucedía. Su mayor angustia surgía de la información de los medios que representaban el evento como un foco de conflicto sorpresivo, en un lugar dónde no se esperaba. Me preguntaban si era cierta la versión de que unos “vándalos” habían provocado a la policía, pero principalmente, ¿porqué había “saltado la liebre” ahí?

Mi respuesta era sencilla, pues para variar, la versión de los medios era absurdamente falsa, pero en relación a su duda, les insistí que en realidad no había ninguna sorpresa. Este conflicto se venía cocinando ya de varios años (desde el inicio del gobierno de Fox), y que el problema más bien radicaba en la forma en la cual el gobierno manejaba una política comunicacional, apoyada por los medios nacionales, de esconder todo tipo de conflicto, lo cual creaba la sensación de un país estable, pero en donde repentinamente surgían conflictos espontáneos y sin razón.

Silencio = Muerte.

A pesar de los discursos que varían entre un cauto triunfalismo, y una abierta condena a quienes cuestionan la estabilidad del país, el país se encuentra en un momento en el cual los tejidos sociales se desbordan por casi todos los ángulos. Las protestas se escuchan, desde las quejas timoratas en charlas de café, hasta el surgimiento de grupos decididos a tomar acciones reales y extra-constitucionales como forma de respuesta. Sin embargo, si uno busca este tipo de información en los medios de comunicación, se encontrará con un silencio abrumador, funéreo.

No me introduciré a textos teóricos para explicar cómo, cuando se le roba la voz a los sectores marginales, estos la reclaman por los medios que encuentren. Es así como grupos que normalmente no recurrirían al “vandalismo” (recordemos que en México el grafiti es un delito y sus practicantes considerados criminales -¿qué sería de Banksy en México?), al bloqueo de vialidades, o a la violencia, acaban siendo empujados a ella por el simple hecho de no ser escuchados. Ahora, cuando el silencio se convierte en política oficial, estas prácticas pasan de ser sucesos dispersos a convertirse en una toma de voz cotidiana, es decir, en todo un lenguaje.

En este contexto intentaré un esbozo de lectura de los reportes del grupo de inteligencia norteamericano STRATFOR, según el cual, tan solo en el año del 2009, se pueden contabilizar entre 200 y 400 explosiones provocadas (en el DF y Guadalajara), y en cuya autoría puede ser descartado el crimen organizado. En pocas palabras, estamos ante un fenómeno nuevo en nuestro país: el uso de las bombas como un medio de comunicación.

Este fenómeno es de especial interés, pues demuestra como el régimen actual está cegado para reaccionar a los fenómenos de la realidad nacional del momento. Es decir, es un error utilizar los paradigmas de lectura judiciales, e inclusive militares, para entender esta violencia, y es necesario recurrir a la teoría semiótica para descifrar tanto lo que significan, lo que comunican, como la forma correcta de responder a ellos. Sin embargo lo que tenemos es un gobierno que sigue utilizando patrones de lectura del siglo XIX para responder a un fenómeno del siglo XXI.

Entrando a un análisis más detallado del fenómeno, vale la pena enfatizar que la mayoría de los grupos que se han atribuido los atentados (y sí, casi todos han sido reclamados por algún grupo activista), no operan dentro de una ideología de corte marxista, e inclusive sería difícil identificarlos con la izquierda tradicional. De hecho, muchos de ellos esbozan un anti-capitalismo más cercano al ecologismo verde europeo, que a la tradicional izquierda latinoamericana. Este es un punto a recalcar pues tanto los medios como el gobierno (en un complejo unificado que desde ahora llamaré el Gobierno Mediático- GM-) continúan erróneamente –o manipuladoramente- leyendo a estos grupos como producto de la oposición local (inclusive los subversivos), y no falta el ya más que ridículo intento de atribuirle todo acto a los sectores aliados con AMLO. Este entendimiento fallido lleva a que no se comprenda que los medios globalizados –y en especial el internet- se han convertido hoy en día en las escuelas del activismo, y en los casos más radicales, del anarquismo.

Una gran cantidad de jóvenes de hecho acceden específicamente a la red para encontrar salidas al apabullante silencio oficial impuesto por el GM, y en el camino se encuentran con grupos internacionales, de intereses diversos, y con conocimientos específicos de cómo “hacerse oír” (recordemos la frase situacionista “piensa globalmente, actúa localmente”). Es de esta manera que el estallido en la boutique Max Mara de Mazaryk (para variar atribuida a “vándalos”), fue reivindicada por un grupo de ecologistas como parte de una acción en la cual fueron saboteadas tiendas de esta compañía el mismo día en todo el mundo. Es importante aclarar esto pues, a diferencia de cómo se quiere representar este tipo de sucesos, el mensaje comunicado con estas acciones tiene inclusive más relación con posiciones globales que con cualquier fenómeno nacional. De hecho, existen analistas que argumentan que el tipo y la forma detrás de cada acción debe ser leída en relación a la competencia por hacerse oír, entre grupos en diferentes países. En otras palabras, el VOLUMEN de la acción tiene menos que ver con el objetivo mismo del ataque (amenazar, destruir, herir, matar, etc.), y tiene una relación más directa con el ruido que el mensaje alcance en los medios.

En ese sentido tenemos ya algunos ingredientes que nos permiten comenzar a crear una matriz de lectura para estos atentados: su mensaje no lleva ninguna relación con los sucesos políticos nacionales, y mucho menos los coyunturales y partidistas, aunque sea claramente anti-capitalista; su sintaxis (o Modus Operandi) se escribe dentro de las formas y tipos de acciones de grupos de intereses similares en todo el mundo, aunque no indican una relación más directa con otros grupos que el hecho de visitar los mismos sitios de internet ; y finalmente, el volumen de la acción tiene una relación directamente inversa al silencio de los medios sobre los mismos.

Cómo queda claro, hay un espacio de lectura semiótica sumamente amplio que puede ser derivado de estas acciones, pero para el propósito de este artículo me concentraré tan solo en el último.

Reiterando la política del Gobierno Mediático de censurar y acallar todas las acciones que produzcan la impresión de que el gobierno está actuando mal o está siendo rebasado, no es una coincidencia que de los más de 200 ataques en el año, apenas los últimos siete fueron reconocidos y publicitados en la prensa y TV (y rápidamente atribuidos a un solo “vándalo” como actor intelectual y material de todos). Ahora, según otro análisis de STRATFOR, la curva de aprendizaje en la construcción de explosivos varía entre un año y medio y dos años. Es importante leer esta información aunada a los datos del Centro de Estudios de Movimientos Armados Latinoamericanos, que indica que desde el 2006 se comenzaron a reportar ataques a casetas telefónicas, así como actos de sabotaje contra maquinarias de bancos y de infraestructura estatal (todos reclamados por grupos activistas, y por lo tanto no considerados acciones de delincuencia común), y un marcado crecimiento en el número de pintas con mensajes anarquistas.

En el año 2007, se comienzan a reportar una serie de “amenazas de bomba” en varios puntos de las principales urbes del país, las cuales se reportaron como “falsas”. A pesar de ser auto-atribuidas y estar acompañadas inclusive de manifiestos, el resultado de estas acciones fue un silencio absoluto de los medios, aprovechando que sus resultados no fueron visibles. Sin embargo, no es descabellado el argumentar que lo que aquí estábamos viendo era el incremento en volumen de un acto de comunicación, un reclamo de voz, que al ser completamente ignorado continuó escalando. Justamente como STRATFOR lo describe, paso poco más de un año para comenzar a ver explosiones ahora si efectivas, y que en lo que va del año se han ido incrementando en potencia y en ubicuidad. La curva de aprendizaje de este nuevo medio se está cumpliendo, y los mensajes son cada vez más visibles.

Y sin embargo, el GM insiste en no solo acallar estas voces, sino en los casos en los cuales esto es imposible, abiertamente desinformar. A pesar de existir manifiestos de grupos específicos atribuyéndose cada uno de los bombazos, siguen siendo manejados como actos vandálicos, en ocasiones inclusive como explosiones accidentales de tanques de gas, y en el colmo de la incongruencia el mismo ataque ha sido reportado tanto como accidente así como intento de robo en un banco.

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Cuando los grupos homosexuales en EEUU identificaron que el peor enemigo para poder defenderse del SIDA era el silencio (el “closet”) al cual se les relegaba socialmente, respondieron con campañas de toma de voz, y el núcleo fue el famoso y efectivo lema SILENCIO=MUERTE. En México sucede algo parecido hoy en día. Importantes sectores de la población están sujetos a condiciones de pobreza inhumana, y su voz no solo no es escuchada, sino que es sistemáticamente acallada por un complejo Gubernamental/Mediático que sigue creyendo que lo que no se informa no existe (aunque el agujero en el bolsillo del pantalón de la población siga creciendo). Esto, combinado con sistemas de comunicación global que permiten que personas descontentas se familiaricen no solo con conceptos, sino con acciones de reclamo de voz que han sido efectivas en otras partes del mundo, son una combinación altamente explosiva.

Entre más entrenamiento logren algunos de estos grupos, mejor dirigidos , más claros, y más fuertes serán sus mensajes. Porque es necesario entender que algunos de estos grupos jamás hubieran recurrido a la violencia de no ser porque no existe para ellos ninguna otra forma de ser escuchados. Ahora que han encontrado un lenguaje y un medio que se les abre, y entre mayor sea el silencio o la desinformación sobre sus acciones y sus causas, mayor será el volumen de sus acciones. Los ingleses aprendieron hace varias décadas que la política de ignorar a grupos que reclaman ser escuchados sólo lleva a un escalamiento en los medios a su alcance. Nuevamente nosotros vamos décadas atrasados en ese aprendizaje.

Esperemos que la próxima vez que los medios traten de convencernos de que hubo un atentado que pareció salir de la nada, la gente ya entienda que el sombrero de donde salió el conejo siempre tiene doble fondo.


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